
En la ocasión anterior decía: “Vuelve el burro al trigo”, porque hablaba sobre el mismo tema, y otra vez vuelve “el burro” para referirse sobre algunas realidades de nuestro tiempo. Pero ¿qué es la realidad? Antes de entrar en este embrollo, le comento que lo del burro tiene su historia; este sobrenombre se me quedó cuando estaba yo en primero de medicina, “el burro”. No, no piense mal, la cosa estuvo así: Era el primer día de clases, el maestro de Citología pasaba lista de asistencia y se topó con un “Rentería Torres”, alzó la mirada, me encontró, y me preguntó: “¿Qué eres del oso?”. Así le decían en la escuela a Miguel, mi hermano, porque tenía tanto vello en su piel que parecía un oso. “Es mi hermano”, respondí y en seguida hurgó: “¿Y del caballo”? Este era el sobrenombre como era conocido mi hermano Marco, por grandote. “¿Y a ti como te dicen?”, y por asociación, con el “caballo”, se me ocurrió decir, “el burro”. Desde entonces, el grupo empezó a llamarme “el burro”, y me gustaba, porque a mi Padre cuando era estudiante de Medicina por allá en la década de los veinte (hace cien años), le apodaban “el burro Rentería”, quien era la estrella del equipo de baloncesto de Medicina, de la Universidad de Guadalajara, que, en aquel entonces, el “Medicina”, era el mejor equipo de aquel campeonato nacional en donde se decidiría el equipo que representaría a México en la olimpiada de Ámsterdam. Contaba mi Padre que por chanchullos, engañifas y falsas promesas que les hicieron las autoridades deportivas de la capital, “asistieron unos cachirulos”, y los tapatíos se quedaron como “las novias de pueblo”: engañados. Por esto que le cuento y lo que sucedió en mi primer día de clases, me gustó que me llamaran, “el burro Rentería””, y así me siguen llamando unos cuantos, de mis compañeros de vida, y digo de vida, porque a la mayoría de los de aquel tiempo, hace tiempo, se les acabó la vida.

Vuelve el burro al trigo, con esto de la inteligencia artificial en medicina, que ya se veía venir hará un poco más de treinta años, cuando empezó a saberse en nuestro medio sobre el NICE (unas guías, diagnósticas y terapéuticas, de un instituto inglés, al que uno le preguntaba, digitalmente, por el diagnóstico y manejo de alguna enfermedad, y por la misma vía respondían. Esto era un proceso verificador, de primer orden, además contrastante, para quienes sabían medicina, y para los que no, también).

Le comento, pero antes, la memoria me trajo el recuerdo de un excelente dermatólogo, con quien, de madrugada, trotábamos, y subiamos al Cerro de la Campana, y caminamos, por décadas. En este transcurrir, cierto día me pidió un favor: “Pepe”, me dijo, “si ves que te repito algo, por favor, haz como si nunca te lo hubiera dicho”. Igual usted, quien me lee, le pido lo mismo.

La IA es un acerbo de millones de millones de datos y de tanto dato que está a nuestra disposición, me trajo al dato de cuando fui maestro en una escuela de medicina, fue entonces, cuando le pedí a un alumno cierta investigación. Me la trajo, impecablemente presentada, pero al pedirle que se la expusiera a sus compañeros, no sabía qué presentar. Su trabajo había consistido en copiar y pegar, un fraude. El aprendiz no tenía conocimiento de los datos que traía. Ahora va lo opuesto: Jorge es un alumno de posgrado quien sacó una mala calificación en el examen. No estuvo de acuerdo con aquel resultado. Pidió una entrevista con la doctora en Neurociencias, profesora del curso, para saber las razones de su bajo puntaje, “Tu trabajo está hecho con la IA, porque lo que tú me presentas, no lo hemos visto aún en la clase”. “Pero yo sé lo que contiene mi trabajo”. “Demuéstramelo”. Lo demostró. La doctora rectificó la calificación. Ni quien lo dude, la IA es un gran logro de la inteligencia humana, son tan enormes los datos que abarca, y de tantos y distintos saberes, que lo mismo puede ayudar a diseñar una tarjeta de presentación, o el diseño de las computadoras de las naves espaciales o, para tomar decisiones en un corporativo internacional, o crear una bomba casera, o para que un misil mate a los contrarios a cientos o miles de kilómetros de distancia o copiar tu voz y tu figura para acciones criminales, o para pasar los exámenes de admisión de una universidad, etc. Son tantos sus contenidos, y sus usos, que nos están facilitando tanto la vida, que corremos el riesgo de que a usted y a mí, se nos olvide cómo llegar a casa…o pensar. Nuestro raciocinio se podría marchitar. Esta obscuridad pensante, me recuerda el mito de la Caverna de Platón, que más que mito, es hoy una presente analogía, en donde todos estamos encerrados en una caverna global consumiendo conocimientos, asumidos como “verdaderos” o hasta como, la verdadera ¿verdad? Con estas “certezas” nuestro razonamiento sentiente se anquilosa, nuestro cuerpo se aborrega y aborregados juntos, gritamos felices por las sombras que vemos pasar. La IA, ni quién lo dude, es un portento del saber y hacer humano, sirve para lo que se nos ocurra, para bien o para mal ¡Aquí está! ¿Qué uso le daremos?
En el trigal aparece la IA como una real realidad. Pero ¿cuál es la real realidad en un acto médico? Antes me asalta la pregunta: ¿Qué es la realidad? El diccionario dice: “La realidad es todo lo que existe y que no es imaginario”. ¿Será solo esto la realidad? Frente a mí está un árbol, del cual yo puedo recitar su definición, pero la definición es un concepto que sale de lo que es realmente un árbol. Aquí están sus raíces, su savia, su tronco, sus ramas, sus hojas con su verdor…que le pertenecen, son ¡suyas! ¡Todo esto que es ¡suyo!, es lo que es, la realidad del árbol; esta impacta (llama nuestra atención) a nuestros sentidos, lo que nos hace elaborar conceptos y definiciones de los distintos árboles. Ahora, entremos a la realidad de la relación sanitaria: Aquí está una persona padeciente de un mal que le aqueja, a la que históricamente le hemos degradado su realidad humana, conceptuándola como un “caso clínico”, “la cama”, “el número once”…, o en el menor de las degradaciones le llamamos: “un paciente” (¿qué aguanta?). Pero detrás de estos conceptos denigrantes, está una persona quien posee algo propio: Un <cuerpo, que es ¡suyo!, y que ¡de suyo!, siente con sentimientos, razona y decide>, estas propiedades de su realidad humana, es tan igual a las realidades humanas de los miembros del equipo sanitario, a quienes solicita un diálogo interhumano y no un interrogatorio médico, para encontrar juntos, las mejores rutas para su sanación.

Ante este consentido panorama, la persona padeciente, (a pesar del estrés del momento), está confiada. La están interviniendo de un problema cerebral, con una tecnología, que de ¡suyo! ¡suyo! es la más avanzada que ha tenido (hasta hoy) la historia de la medicina, y lo es, gracias a la IA, la cual, con pulso firme, sus dedos robóticos van por los intríngulis de una abigarrada anatomía cerebral. Al día siguiente está el mismo equipo médico, con el mismo instrumental robótico, interviniendo del mismo padecer “al de la cama 18”.
Me pregunto si la realidad profunda (protones, electrones de los átomos de las moléculas|) de cada una de las células del organismo de ambas personas estará respondiendo de igual manera ante un trato epigenético tan desigual. No lo sé.
Este es el reto de una realidad, que el burro está viendo en el trigal.
José Rentería Torres. Agosto de 2026
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Fuente: Proyecto Puente

