Lo sucedido en la UNAM es un grave problema para México porque se vulneró nuestro máximo orgullo educativo autónomo y público. Hay mucho que aclarar en estos momentos sobre el proceso de “Selección de Ingreso a Licenciatura”, pero también es necesario redefinir el futuro de “nuestra máxima casa de estudios”.

Su incapacidad para ofrecer un sistema de admisión serio y confiable fue evidenciada burdamente por amateurs de las tecnologías, fanfarrones y estafadores que se aprovechan de la fe de miles de estudiantes que, sin poder pagar una colegiatura, se dejan llevar por cualquier mercachifle: pueden ser individuos o las pseudoescuelas de asesorías que hacen promesas de pasar el examen al pagar sus cursos, un círculo vicioso que lleva ya mucho tiempo.

Por otro lado, está el lamentable resultado de la empresa Territorium Life, favorita de múltiples instituciones como el INE o el Instituto Electoral de la CDMX, y que, como publicó El Universal, goza de “decenas de contratos”. ¿Quiénes están detrás de esos procesos que evidencian favoritismos, y quién revisa sus resultados? En un sistema institucional tan maltrecho como el de México, nada es coincidencia.

Lo de la UNAM es un reflejo de lo que vive nuestra sociedad y su sistema educativo. Las graves fallas que dejaron pasar en la UNAM, al pecar de ingenuidad, y la falta de profesionalismo ante una de sus principales prioridades: los procesos de ingreso, los hacen copartícipes de los vivales, pero también de las víctimas.

Miles de jóvenes fueron arrastrados a estafas y llevados a concluir que hacer fraude justifica entrar a la UNAM. Pero desde hace tiempo, los procesos de ingreso están plagados de vicios ocultos al premiar a quienes no necesariamente estudian, y en muchas ocasiones, evitan el acceso a quienes realmente lo merecen, o bien, no tienen mecanismos sustentables para evitar la deserción de buenos estudiantes por diversas carencias en sus vidas.

El pase automático se ha convertido en un puente de privilegios hacia quienes no necesariamente lo ameritan o lo pueden aprovechar. Por todos es sabido que, después de la preparatoria, muchos de los estudiantes dentro del sistema UNAM, que transitan a CU o alguna de sus facultades, lamentablemente desertan o bien, al no costarles esfuerzos, lo desaprovechan.

Otros, que pasaron el examen para acceder a alguna licenciatura e irse a alguna de las sedes de la UNAM, también con el tiempo abandonan los estudios por motivos tan diversos como la lejanía entre sus hogares y las aulas, y la falta de recursos económicos. Algo está fallando desde una estructura inmersa en el pasado y en la ineficiencia.

México es un país de profundas desigualdades y muchas veces el trabajo se vuelve la prioridad de las familias sobre desarrollar una carrera educativa. Si a eso le agregamos que pocas carreras ofrecen ofertas laborales masivas, es fácil llegar a la conclusión de que nuestro Estado mexicano padece de cortocircuitos para ofrecer un futuro sustentable a nuestros jóvenes.

Por otro lado, hay estudiantes con suficientes recursos económicos como para pagar algún tipo de cuota fija que permita refinanciar una castigadísima universidad por los bajos presupuestos que ofrece el Estado, reflejándose en instalaciones deprimentes, equipos obsoletos, salarios deplorables a muchos de sus maestros, excepto a la ya conocida “burocracia dorada”.

Y así hay muchas variables que reflejan que la UNAM vive dentro de un ecosistema que se ha ido dañando con el paso del tiempo, y que no hace nada para solucionarlas. Al contrario, vive parchando problemas aquí y allá, prolongando una falla estructural tras otra, haciendo de la UNAM una universidad anacrónica frente a las necesidades que el mundo del siglo XXI exige. Paradójicamente, la Inteligencia Artificial fue el mecanismo que se usó para violar su proceso de admisión.

Nunca había pasado que la UNAM suspendiera “provisionalmente las inscripciones para el primer ingreso a las licenciaturas” por errores que sus mismos directores provocaron por su desidia. Como respuesta fácil al problema, crearon otra “comisión técnica”, la cual “emitirá recomendaciones”, esto es, más burocracia vestida de lavado de manos y evasión de responsabilidades.

Mientras tanto, el enojo de los estudiantes crece, hacia quienes hicieron trampa pagando respuestas o manipulando los “candados de seguridad”, pero también hacia la UNAM y a la empresa contratada. Lo más probable es que se tenga que volver a realizar el examen de admisión de forma presencial, que es la principal demanda del pliego petitorio por parte de los rechazados.

La UNAM vive una crisis sustancial que, si bien no es nueva, evidencia que no sólo se trata de un examen aplicado de forma equivocada. Ahora se requiere un debate amplio y abierto en toda la sociedad mexicana, pero principalmente entre los jóvenes, sobre qué y cómo se debe replantear el futuro de lo que aún se considera nuestra máxima casa de estudios, pero que pronto, podría perder ese honor.

Fuente: El Financiero